viernes, 19 de junio de 2009

¿Cree usted?

Pues dicen que sí. Que encontró al Cristo en una borrachera.

Según esto, se lo robaron unos descastados de la parroquia de San Miguel, cuando la Revolución. Imagínese. Y que lo enterraron allá lejos, junto al tamarindo viejo, donde el apancle se abre en dos.

Y dicen, pues, que los bandidos nunca regresaron a sacarlo. Que según iban a dejar pasar un tiempo en lo que la bulla se olvidaba, pero que se fueron los meses y los años y que no volvieron. Seguro que Dios los castigó. Dios no perdona ofensas así. Iban a rasparle todo el oro a la cruz y luego regresar al santo a su altar, dicen. Quién sabe qué pasaría, el caso es que el Cristo no volvió nunca a la iglesia hasta que Beto lo rescató. Ese Beto, caray.

Nadie lo intentó antes que él porque el Enemigo vigilaba. Muchos dieron testimonio de que una sombra negra se aparecía al pie del árbol…

Una noche, Beto se metió bien cuete entre las parcelas tupidas de caña, envalentonado por el alcohol. Y, al otro día, el peón de Genaro, el dueño de la tierra, descubrió al Cristo, con todo y su cruz, recargadito en el tronco del tamarindo, sobre un montón de tierra removida, sin oro ya. Ah, pero el oro no se lo quitó Beto, qué va. El oro se lo quedó Genaro, eso lo sabe todo el pueblo.

¿Qué qué pasó con Beto? No lo volvimos a ver. Se habrá quedado en lugar del Cristo Crucificado. ¿Usted cree que el Diablo iba a soltar gratis al prisionero? No, señor: hizo cambalache y se quedó con el muchacho. Eso es, pero nomás se supone porque ¿quién quiere que se atreva a rascarle ahí ahora? Nadie, pues.

Beto no se robó el oro ni se fue al otro lado, como también refieren las malas lenguas. El cuerpo de Beto se lo estarán comiendo los gusanos del tamarindo y su alma inmortal estará en el Reino de los Cielos en recompensa por su sacrificio, gozando ya de la presencia del Altísimo, bendito sea su santo nombre… Aunque, no se lo diga a nadie, yo pienso que también podría estar en la puritita quemazón de los Infiernos, purgando condena por borracho y pendenciero; con Patitas de Cabra picándole las costillas con su trinche. Ni más ni menos merecía ese Beto, pues: hacía sufrir mucho a su pobre madre con todos esos escándalos, con todas las peleas en las que se embrollaba. ¿Cree usted? Qué pecado tan grande.

3 comentarios:

Karla dijo...

Traté de no extenderme mucho pero, como queda a la vista, no pude. jajaja!

quique et alia dijo...

Pero quedó bueno. Me hizo pensar en alguno de esos textos de La feria, en esas ensoñaciones de pueblo.

Karla dijo...

La feria es un librazo! Muchas gracias por el cumplido, Quique.

Posdata: y es que así hablamos los del pueblo, pues!