viernes, 4 de marzo de 2011

La lengua

La lengua de gato es chocolate y es planta, ¿quién podría imaginarlo?

La lengua es palabra; la lengua materna alimenta y enseña a decir Aquí estoy. La lengua se estudia y con ella se habla de la lengua. Con ella se dice, se lame, se sabe. La delicia estupenda de la lengua del ser amado sería inaccesible sin el uso de una lengua, que ni siquiera tiene por qué ser extensa ni, mucho menos, correcta.

La lengua mantiene al zapato en pie.

Por facilidad, los borrachos hablan con lengua de trapo, y las secretarias, obligadas por la añeja tradición de su gremio, suelen tenerla bífida, y, sólo porque el deber se lo impone, se van de la lengua cada tanto, la aflojan cuanto sea necesario si la divulgación del caso en cuestión amerita horas extra. Las lenguas de fuego queman más que las de las secretarias, Dios ampare.

Quien se muerde la lengua dejará de participar del chisme y, en castigo kármico, ésta se le trabará cuando intente usarla. Advertidos: el pudor nunca ha sido de utilidad para el correcto empleo de ese músculo que habita la cavidad bucal cuando es necesario explorar alguna otra.

Siempre que no sé dónde quedó una palabra la busco en la punta de la lengua, de donde se niega a desprenderse sino hasta que ha pasado ya de moda para siempre.

No me da pena enseñar la lengua, que es ésta, y el lenguado, un pescado.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

¿Por qué siempre es Tánatos quien gana? Impone sus designios con el pretexto de cuidarnos. Las pulsiones hacia la muerte nos mantienen con vida, vaya ironía. El temor a la muerte nos obliga a mantenernos lejos del acantilado, lejos de la orilla de eso que podría ser ―aunque lo que sea realmente es lo de menos― un precipicio. Lejos de la idea de aproximarnos demasiado a eso que ya no importa si es o no un despeñadero. Y Eros como si nada, un verdadero pusilánime. Tras hacer de las suyas, tras encendernos las mejillas de deseo, tras humedecernos con sublimes pensamientos, luego de inundarnos los oídos con promesas de placer, permite que Tánatos lo desdiga, que lo contradiga, que lo maldiga. Eros asiste sin ganas ni esperanza a la sala del trono donde el tirano hace valer su ley. Pendejo. Con su cara de baboso dice sí a cada cautelosa idea de aquel otro: no vayas, no lo beses, no cojas, escapa antes de que sufras, haz sufrir antes de escapar.

Eros, no obstante, tiene el megáfono en las manos. No lo usa por cobarde, pero si lo hiciera iniciaría una revuelta legendaria: sí, ve. Sí, coge. Sí, ama. Ama, ama, ama. La muerte llegará, pero no debes temerla porque experimentaste, aunque sea por un segundo, la luz. El amor. No corras, la muerte te alcanzaría de cualquier modo. Te hace pensar que te dejará en paz si acatas sus designios pero es una trampa, es La Trampa. Vive. Ama, la muerte que pretendes evitar la traes pegada a los zapatos, la tienes tras de ti, te abraza siempre por las noches. La cautela es sólo uno de sus disfraces, el miedo es la forma más viva de la muerte, la precaución se dibuja con un cráneo sonriente. Cógetelo, ámalo. La muerte estará también ahí si se separan. Cuando huyes, cuando corres la muerte es la meta, es la ausencia del ser amado, son tantos besos perdidos, apuñalados...

Ah, si tan sólo Eros tuviera más huevos, carajo.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Eh, contente, no la mates

No, por favor, ya no lo hagas. Toma todo lo que desees. Destrúyelo todo, acaba con todo. No aguanto un golpe más. Piensa en el niño… hazlo por él. No por mí, nunca por mí. Apiádate de él y de que mañana debo llevarlo a la escuela, hacer el sándwich, abrazarlo y convencerlo de que levantarse por la mañana sirve para algo. ¿No te das cuenta? Debo estar completa para que no sospeche: el Diablo lo acecha como a mí, como a ti, y debo evitar que abra la puerta. ¿Quieres el auto? Llévatelo. Aquí están las llaves del departamento… Mi sueldo del mes… Todo, todo, todo, acaba con todo. Quema los muebles. Inunda la sala. No me resisto al asalto. Estoy de rodillas, seré tu esclava. Déjame morir de a poco diariamente durante los años que deba seguir actuando. No puedo acabar ahora, ¿que sería de él? Suficiente tengo con seguir viva hasta entonces como para pretender que puedo hacerlo en pedazos. Entiende que soy débil. Mucho. Los vidrios me cortan. Sangro igual que cualquiera a pesar de ser madre. Sobre todo por ser madre... ¿Olvidas que debo arropar cada noche a una criatura que cree en el ratón de los dientes y en que los reyes magos traen literas? ¿Que no lograría ser verosímil si estoy llorando? Ten piedad de mí, por él. Siempre por él. ¿Te molestan los gatos? Desuéllalos. Borra cada letra de mis libros. Olvida de una sola vez todo lo mío. Haré cuanto pidas, seré muda; pero deja ya, por favor, te imploro, de pisotear el trozo de corazón que aún me queda. Lo que me dejaste es poco pero me mantiene en el papel. Me sirve para inhalar sin intoxicarme con cada segundo. Le sirve a él. ¿Por qué no te das cuenta?

martes, 26 de octubre de 2010

Tan tan. ¿Quién es? Es el Diablo

No cualquiera vive para leer su nombre en la primera plana de La Prensa. Y para leerlo con escepticismo, además. (“Karla […] quedó prensada dentro del vehículo.”) ¿Pero podría ahora mismo, sin temor al Infierno, asegurar que realmente no soy yo la hoy occisa? Debo tomar con tiento la pregunta. Quizá la muerte no sea diferente de esa oficina a la que a diario llevo a rastras mi cadáver. Al séptimo piso de ese edificio de quince círculos en el que, es probable, desde hace sexenios, compurgo ya la condena a la que me hizo acreedora el no estar a bordo de un auto un sábado por la madrugada. ¿Quién podría asegurar que estoy viva? Yo no. Yo no. Yo no. El Diablo.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Torero





¿Alguna vez has visto al hombre más guapo del mundo?

Suele visitar los vagones del Metro, en especial, si los boletos se han agotado.

Tiene grandes manos y lleva el cabello a rape.

Usa audífonos y, si va de pie, no obstante las luces del traje, agacha la cabeza humildemente porque el alto techo le queda chico.

No se sabe qué pretende, si algo pretende, pero va en busca de su destino sin demora, sin distracciones, como se vino a este lugar donde, aterida de placer, sin esperarlo, lo esperé toda la vida.

No hace nada, nada de nada, pero la faena es exquisita.

Los ojos, convencidos por el arte, se entregan: fascinados ovacionan con mil aplausos disminuidos, disimulados, mudos:

Les apena —¿quién sabe por qué?— que alguien se entere que lo saben, que están al tanto de que ésta no se trata sino de la más viril de las visiones, la más plástica de las vivas ejecuciones masculinas hechas nunca por una madre, ese gigante malencarado y, sin duda, envidioso de un triunfo de tales magnitudes.

En Centro Médico deja la plaza en hombros. Se fue, entre la gente de pie que de su belleza lo arrastra hasta las escaleras, lejos, hasta otro día, del pedestal de mi mirada que, sin discusión, le otorgaría completo el rabo.

Y ni qué decir de las orejas.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Nocturno

El otro día me quité la boca para descansar un rato, pero ni aun así logré dormir. Más que menos lenguas necesito más cabezas. Con dos estaría bien. Una soñaría con la oreja bien planchada sobre mi almohada llena, llana, de pelos de gato, mientras la otra se trasnocha en darle vueltas recalcitrantes vueltas a los asuntos que dirá mañana, o al rato, o a los que no hubo de hacer ayer ni antier ni hace cinco minutos, ni mucho menos en la oficina. No le sentaría mal a ninguna de las dos la ayuda. A mí me caería de perlas.

viernes, 13 de noviembre de 2009

De etiqueta




Una noche cualquiera, que pudo ser la del pasado viernes, en la última de las cantinas de Garibaldi, una atendida por matronas aburridas, como todas las que venden cerveza de siete a dos de la mañana —a treinta pesos la caguama—, la burócrata enamoró al borracho adolorido. El adolorido, tanto como puede estarlo cualquier borracho a quien su mujer pone los cuernos, invitó a la burócrata a bailar una salsa de la rockola digital. La burócrata, tan ágil como se lo permitían las nueve horas-nalga diarias de la oficina, giró, zapateo y siguió el ritmo del cornudo que, en aquellas maniobras, no parecía tan borracho, hasta que quedaron, más que adoloridas, sus nalgas aburridas por tanto mantener el paso de esa salsa que, estará de más decirlo, pero era borracha. Al último, el bailador pidió su número telefónico a la exhausta salseadora, quien, sentada, a aquellas horas de la madrugada, ya extrañaba la burocracia habitual de su cama en la que en días de trabajo, los más de la semana, se entra a dormir, aburrida, a las 10:00 en punto. Ésta recibió la solicitud con halago y sonrojo. Obsequió una sonrisa y una excusa al enamorado quien, sin dolor esta vez, empinó de nuevo su analgésico de treinta pesos y digitó un nuevo número en la rockola, la que luego de un rato exhaló con furia una salsa a la cual fue convidada una nueva aburrida, también algo borracha, que, a última hora, había acertado a pasar por ahí para comprar cerveza. Ella miró a aquel hombre como si fuera éste el último del mundo: quizá también fuese cornuda.