viernes, 1 de mayo de 2009

Santiago

Salvo situaciones excepcionales soy feliz. Miro el rostro de mi hijo. El cabello alborotado, la boca como la de su padre (el hombre que amé), la inocencia en sus ojos, la energía de sus piecitos, y sé que no existe en todo el orbe una razón más válida para vivir feliz, para vivir, para agotarme a diario en la oficina, en la casa, en el mar interrumpido del sueño en que viene este pequeño ser de entre las tinieblas a acurrucarse junto a mí, a ocupar, sin ninguna clase de contemplación, la tierra que por derecho propio le pertenece: mis brazos, mi pecho, mis manos, mis ojos… El hijo arribó y el corazón, rendido, irrigó la ordenanza de erigirme en la ciudad amurallada que soy para que él la habite hasta su siguiente gran conquista. Me he vuelto fuerte por él. Sin él, hace tiempo que las marejadas hubieran arrasado con todo en mí. Por él la felicidad hoy yace en mi playa, tan preciosa y brillante, como el día en que la trajo.



2 comentarios:

quique et alia dijo...

Fuerte emoción la que me hiciste sentir al leer lo que sientes por tu hijo.

Karla dijo...

Agradezco infinitamente la flor