miércoles, 10 de febrero de 2010

Nocturno

El otro día me quité la boca para descansar un rato, pero ni aun así logré dormir. Más que menos lenguas necesito más cabezas. Con dos estaría bien. Una soñaría con la oreja bien planchada sobre mi almohada llena, llana, de pelos de gato, mientras la otra se trasnocha en darle vueltas recalcitrantes vueltas a los asuntos que dirá mañana, o al rato, o a los que no hubo de hacer ayer ni antier ni hace cinco minutos, ni mucho menos en la oficina. No le sentaría mal a ninguna de las dos la ayuda. A mí me caería de perlas.

viernes, 13 de noviembre de 2009

De etiqueta




Una noche cualquiera, que pudo ser la del pasado viernes, en la última de las cantinas de Garibaldi, una atendida por matronas aburridas, como todas las que venden cerveza de siete a dos de la mañana —a treinta pesos la caguama—, la burócrata enamoró al borracho adolorido. El adolorido, tanto como puede estarlo cualquier borracho a quien su mujer pone los cuernos, invitó a la burócrata a bailar una salsa de la rockola digital. La burócrata, tan ágil como se lo permitían las nueve horas-nalga diarias de la oficina, giró, zapateo y siguió el ritmo del cornudo que, en aquellas maniobras, no parecía tan borracho, hasta que quedaron, más que adoloridas, sus nalgas aburridas por tanto mantener el paso de esa salsa que, estará de más decirlo, pero era borracha. Al último, el bailador pidió su número telefónico a la exhausta salseadora, quien, sentada, a aquellas horas de la madrugada, ya extrañaba la burocracia habitual de su cama en la que en días de trabajo, los más de la semana, se entra a dormir, aburrida, a las 10:00 en punto. Ésta recibió la solicitud con halago y sonrojo. Obsequió una sonrisa y una excusa al enamorado quien, sin dolor esta vez, empinó de nuevo su analgésico de treinta pesos y digitó un nuevo número en la rockola, la que luego de un rato exhaló con furia una salsa a la cual fue convidada una nueva aburrida, también algo borracha, que, a última hora, había acertado a pasar por ahí para comprar cerveza. Ella miró a aquel hombre como si fuera éste el último del mundo: quizá también fuese cornuda.




viernes, 9 de octubre de 2009

Ayer cayó el Diluvio Universal...





I

Ayer cayó el Diluvio Universal

sobre Insurgentes

pero duró poquito.


II

Sólo un instante bastó

para que nosotros

los animales,

como personas,

corriésemos desesperados,

desterrados,

desolados y sin sol,

rumbo al arca;

al metro, aunque sea,

que a aquella hora de la tarde

se negaba a rescatar más bichos inmundos,

que huelen a león, a chivo,

a gente, pues, con prisa y con agua,

exigiendo, como si lo merecieran,

auxilio en la borrasca.


III

La lluvia nos trastorna todo.

nos moja.

Disuelve la seguridad en el traje bueno y bien planchado,

en los caros tacones altos,

en el pinche título de maestría que no sirve de paraguas.


IV

El transborde en Balderas

es el día del Juicio.


Que algún rinoceronte atacara ahí

era cuestión de tiempo.


Que se sacara del cuerno una pistola

y arremetiera contra cualquiera.


Nadie comprende,

la angustia de un animal que se extingue

entre la muchedumbre

rastrera de la ciudad.



V

Los graznidos de los pasajeros

se perdieron entre las explosiones de furia

de la pólvora precisa

que fue a hundirse, porque así debía ser,

en el único extinto y desalado héroe

que hubo nunca a bordo.


VI

La lluvia nos decompone el ánimo,

pero sólo por un instante.

Pronto todo vuelve a la normalidad

y a nadie le interesa si hay o no un arco iris.





miércoles, 26 de agosto de 2009

La mujer que no soy





Día tras día, lo primero que hago al levantarme es mirarme en el espejo del baño. El único que queda aún en casa: sobrevive porque, aunque no sea mío el rostro que refleja, no deja de serme útil para el aseo matutino de los dientes, para el secado del cabello, para la aplicación de las sombras de ojos antes de ir al trabajo. Ya no me asomo a él con espanto, como me ocurrió al principio, ni siquiera con sorpresa, pero lo hago con ansia cada mañana porque se me ha vuelto necesario ver diariamente a ésa mujer que imita a la perfección todos mis movimientos y mis manías; que, al presentarse ante mí, desde su trinchera de vidrio ha predicho con destreza sobrenatural el atuendo que llevo puesto; que emula mi peinado, mis ojeras, mis pecas y que, en días de extremo cansancio, tras una borrachera o tras una mala noche de insomnio, ha llegado a hacerme creer que su cara sí es la mía; me enfrento todos los días al espejo porque necesito comprobar, antes salir a la calle, que esa mujer, aunque no sea yo, sigue ahí.





viernes, 17 de julio de 2009

Felicidad





Con frecuencia estoy de buen humor. Los problemas del trabajo ya no me agobian como antes. Ya ni siquiera añoro tener vida propia ni algún tiempecito para mí, como solía decir antes. ¿Qué será? He dejado de tener ese sueño en que me ahogo en un océano oscuro y pesado. Espeso como engrudo. Oscuro. Ya no necesito cerrar los ojos ni recargarme en la pared del elevador ni respirar profundamente mientras subo hasta mi oficina. Ahora mismo, por ejemplo, ni siquiera me estoy cuestionando con desdén mi nueva tranquilidad: sólo reflexiono sobre esta recién estrenada condición anímica a la que, incluso, podría llamar felicidad… Debe ser consecuencia de las inyecciones, de las pastillas, de las terapias que, como parte de un nuevo proyecto gubernamental, están haciendo de mí un burro.





jueves, 9 de julio de 2009

Infelicidad





¿Infelicidad? Sí, a veces la experimento. Pero sólo cuando reflexiono sobre mí mismo y me da por pensar que no soy una máquina. En ocasiones como ésas detengo el trabajo, respiro profundo y exhalo con fuerza un rugido que, aunque no lleve consigo ninguna palabra, parece reclamar algo… a alguien, no se a quién. Entonces me siento, tomo mi cabeza entre las manos y me creo convencido de que tengo derecho a un salario digno de mi esfuerzo, a días de descanso, a un horario más flexible. Sin embargo, todo pasa pronto. Me reincorporo y vuelvo a mis obligaciones. Supongo que es consecuencia de mi excelente programación como ser humano.





martes, 30 de junio de 2009

Sacrificio





Deseaba hacerlo, se mordía las uñas, pero no contestó. No levantó el auricular con desesperación ni aseguró entre sollozos: Sí, soy yo… El teléfono no paraba de sonar desde ayer en la noche, desde que él no volvió a casa.

Eran los secuestradores, no había duda. Pero ella no recibiría la nota de rescate. No aceptaría el chantaje. Sin alguien a quien amedrentar, el encantamiento elaborado por esos criminales pierde efecto. Lo soltarían, estaba segura. Desconectó el aparato y fue a dormir.

Soñó con nubes blancas y un cielo azul inconmensurable.